¿CUÁL ES EL VERDADERO VALOR DEL TRABAJO?

Por: Lucía Campos Rilo, María Eimil Méndez, Esther Rodríguez-Losada Torres

Concepto del trabajo

La palabra trabajo se aplica a todo lo que, de alguna manera, supone un esfuerzo. Consiste en la aplicación de las fuerzas humanas a una tarea socialmente relevante, sea en el orden intelectual o cultural, sea en el productivo o económico, etc. Más restringidamente se habla del trabajo limitando su ámbito al ejercicio de las facultades humanas sobre objetos exteriores para comunicarles utilidad y valor, a fin de que puedan servir para satisfacer las necesidades vitales, permitan realizarse como hombres, contribuyan al progreso social, etc.
El trabajo, pues, supone un quehacer humano, una especie de comunicación inteligente del hombre con las cosas y el mundo, en la que imprime como un sello representativo de su personalidad.
El trabajo es por eso algo personal, en cuanto que implica un despliegue de muy variadas energías de la persona humana y expresa algunas de sus dimensiones más íntimas; necesario, porque a él está vinculado necesariamente el desarrollo del destino humano; social, puesto que relaciona al hombre con otros y es él mismo realizado mediante la cooperación y coordinación de esfuerzos.
El trabajo se puede definir también como una participación de la obra creadora de Dios de la que los humanos participan por medio de la capacidad creadora y remodeladora del trabajo aplicado al entorno.
Durante la antigüedad, el trabajo manual orientado a la producción, se consideraba degradante para el hombre. En la Grecia antigua se consideraba la máxima perfección del hombre el alcanzar la sabiduría. Se establecieron dos clases de hombres; los primeros se encargaron del trabajo productivo y estaban al servicio de los segundos que se dedicaban a la vida intelectual y estaban al servicio del orden público (entre ellos los filósofos).
Esta es prácticamente la base de la sociedad estamental, que continuó hasta la edad moderna, con algunas funciones añadidas a la clase privilegiada como la función de defensa del territorio (importante sobre todo en la Edad Media) administrativa y de gobierno.
Con la revolución industrial surgió un nuevo grupo social; la burguesía, la cual obtenía capital a través del trabajo y fue poco a poco imponiéndose a los estamentos tradicionales, inaugurando una nueva sociedad de clases.
En la actualidad, sin embargo vivimos en una sociedad en la que el trabajo es un medio de prestigio, valorándolo según el salario correspondiente y tipo de trabajo.
El único cambio anterior a la Edad Moderna respecto a la valoración del trabajo fue dado por el cristianismo. En la doctrina cristiana el trabajo ha sido valorado siempre positivamente ya que a ejemplo de Jesucristo, que durante su vida oculta trabajó en Nazaret, el trabajo se nos presenta como un medio digno de santificación del hombre.
A continuación hablaremos de la influencia del cristianismo en el trabajo más concretamente en lo que dice la doctrina social de la Iglesia sobre el trabajo.

1.-Trabajo y dignidad de la persona

La doctrina social de la Iglesia dice que el trabajo digno dignifica al hombre
pues es una participación de la obra creadora de Dios:
Hay que hacer esto, teniendo siempre presente la vocación bíblica a dominar la tierra, (cfr. Gén. 1, 28) en la que se ha expresado la voluntad del Creador, para que el trabajo ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar el " dominio " que le es propio en el mundo visible.
La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que El "creó a su semejanza, a su imagen " (cfr. Gén. 1, 26-27), no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: " Con el sudor de tu rostro comerás el pan ". (Gén.3,19). Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es el camino por el que el hombre realiza el "dominio". Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es universalmente experimentado.
No obstante, con toda esta fatiga -y quizás, en un cierto sentido, debido a ella esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y que es un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad: El trabajo es un bien del hombre porque mediante el trabajo el hombre en un cierto sentido " se hace más hombre".
Si se prescinde de esta consideración no se puede comprender el significado de la virtud de la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud, como actitud moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno como hombre.
Es sabido además, que es posible usar de diversos modos el trabajo contra el hombre que se puede hacer del trabajo un medio de opresión del hombre. Todo nos enseña que se ha de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo.

2.- Trabajo y sociedad: familia, nación

El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. El trabajo es una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la razón de que cada uno " se hace hombre ", entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo el proceso educativo.
Evidentemente aquí entran en juego, en un cierto sentido, dos significados del trabajo: el que consiente la vida y manutención de la familia, y aquel por el cual se realizan los fines de la familia misma.
En conjunto se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano. En efecto, la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre.
El reflejo de la familia en la sociedad hace que el hombre entienda también su trabajo como incremento del bien común dándose así cuenta que por este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio de toda la familia humana, de todos los hombres que viven en el mundo.

3.- Salario y otras prestaciones sociales

La remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el
salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico.
Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar -es decir, un salario único dado al cabeza de familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa- bien sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia.
La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas.
Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre -sin obstaculizar su libertad- dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna.
En este contexto se debe subrayar que, del modo más general, hay que organizar y adaptar todo el proceso laboral de manera que sean respetadas las exigencias de la persona y sus formas de vida, sobre todo de su vida doméstica, teniendo en cuenta la edad y el sexo de cada uno.
Además del salario, aquí entran en juego algunas otras prestaciones sociales que tienen por finalidad la de asegurar la vida y la salud de los trabajadores y de su familia. Los gastos relativos a la necesidad de cuidar la salud, especialmente en caso de accidentes de trabajo, exigen que el trabajador tenga fácil acceso a la asistencia sanitaria y esto, en cuanto sea posible, a bajo costo e incluso gratuitamente.
Otro sector relativo a las prestaciones es el vinculado con el derecho al descanso; se trata ante todo de regular el descanso semanal, que comprenda al menos el domingo y además un reposo más largo, es decir, las llamadas vacaciones una vez al año o eventualmente varias veces por períodos más breves. En fin, se trata del derecho a la pensión, al seguro de vejez y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral.
Entre estos derechos hay que tener siempre presente el derecho a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral.

4.-Trabajo y discapacidad:

Dado que la persona con discapacidad es un sujeto con todos los derechos, debe facilitársele el participar en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades. El trabajo en sentido objetivo debe estar subordinado, también en esta circunstancia, a la dignidad del hombre, al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas.
Corresponde al estado promover con medidas eficaces y apropiadas el derecho de la persona con discapacidad a la preparación profesional y al trabajo, de manera que ella pueda integrarse en una actividad productora para la que sea idónea.
Deberá prestarse gran atención, lo mismo que para los demás trabajadores, a las condiciones físicas y psicológicas de estas personas, a la justa remuneración, a las posibilidades de promoción, y a la eliminación de los diversos obstáculos.

5.- Trabajo y emigración:

Este es un fenómeno antiguo, pero que todavía se repite y tiene, también hoy, grandes implicaciones en la vida contemporánea. El hombre tiene derecho a abandonar su País de origen por varios motivos -como también a volver a él- y a
buscar mejores condiciones de vida en otro País. Este hecho constituye generalmente una pérdida para el País del que se emigra. Viene a faltar en tal situación un sujeto de trabajo que podría contribuir al aumento del bien común en el propio País, en cambio esta ayuda se da a otra sociedad.
Sin embargo, aunque la emigración es bajo cierto aspecto un mal, en determinadas circunstancias es un mal necesario.
Lo más importante es que el hombre, que trabaja fuera de su País natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social. Este es un principio fundamental: el sentido profundo del trabajo mismo exige que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital.

Ética y trabajo:

La ética es la ciencia que se refiere al estudio filosófico de la acción y conducta humana en relación con la moralidad. La ética es una parte de la filosofía, la filosofía moral. Por tanto ética y moral tienen el mismo significado.
El trabajo debe ser éticamente correcto por la sencilla razón de que tiene lugar entre personas y las personas deben comportarse éticamente, es decir, acorde con la ley moral.
Existe una sola ética formada por normas objetivas, inscritas en la propia naturaleza humana y estas normas son válidas siempre y para todos.
La ética fundada en la tradición filosófica es realista y teleológica pues arranca en Aristóteles que considera que el hombre es un ser racional, social y libre y capaz de organizarse para conseguir fines, poner medios para lograrlos, capaz de aprender, de mejorar y progresar hacia la consecución de sus fines personales y sociales.
Las fuentes de la moralidad son tres: el objeto o fin de la obra, la intención del agente y las circunstancias (entre las que destacan las consecuencias).
La doctrina moral ha enseñado que la existencia de unas normas objetivas hace que el elemento decisivo para el juicio moral sea el objeto del acto humano.
Hay actos que son intrínsecamente malos, es decir, que lo son siempre y por sí mismos y ninguna intención, por buena que sea, puede convertir un acto malo en un acto bueno, al igual que tampoco las circunstancias que rodeen al acto lo convertirían.
Sin embargo, existen algunas corrientes llamadas consecuencialistas que afirman que si tales actos fueran puestos con la intención de producir un estado de cosas mejor para todas las personas y circunstancias, esos actos por malos que fueran no serían ilícitos.
Los actos inmorales degradan al hombre porque no lo dignifican, si no que atentan contra la dignidad que caracteriza a las personas por el hecho de ser personas. Estos errores en la conducta humana influyen en el trabajo. Ya sea en las empresas, estudios…
En el trabajo aparecen de nuevo los tres elementos necesarios para calificar la moralidad de las actuaciones:
En primer lugar el objeto que serán los bienes, servicios, aprendizaje etc., en segundo lugar la intención de la persona que trabaja y en tercer lugar el fin que se desea obtener que puede ser beneficio, remuneración, aprobado etc.
El objeto puede ser moralmente inaceptable si por ejemplo fuese una empresa dedicada a la fabricación de anticonceptivos o a la práctica del aborto aunque las personas dedicadas a ello lo hagan, por ejemplo, porque tienen que alimentar a sus hijos y no han encontrado otro trabajo.
Estos temas están muy presentes en la sociedad actual que acepta la práctica del aborto y lo expone como un derecho para las personas. Sin embargo y a pesar de que la sociedad apruebe esta conducta, es un acto moralmente incorrecto que degrada al hombre, pues no respeta la dignidad de la persona humana.
El objeto es el elemento o fuente de moralidad más importante ya que si el objeto del acto es inmoral, el acto en sí también lo es con independencia de la intención o las circunstancias que lo rodeen.
La intención podría ser también moralmente inaceptable si la persona pone el fin de su trabajo al servicio de causas innobles y esto podría convertir el objeto de un trabajo bueno en un trabajo moralmente inaceptable.
Con las circunstancias, especialmente las consecuencias, pasaría exactamente lo mismo. Podrían ser moralmente inaceptables en algún caso, como por ejemplo el trabajo realizado por una empresa ilegal que ha conseguido dinero de manera fraudulenta o sin respetar la dignidad de las personas y serían moralmente incorrectas con independencia del objeto o la intención, que pueden ser buenas.
Por tanto, las normas objetivas deben ser conocidas por el hombre para que éste pueda tomar de manera libre y responsable sus propias decisiones evitando aquello que no se debe hacer y adhiriéndose a la verdad y al bien.
Esto es precisamente lo que persiguen los códigos de conducta, aunque en algunos casos se limitan a prohibir y esto tiene una doble consecuencia. En primer lugar no motiva a las personas para comportarse de manera éticamente correcta y en segundo lugar le induce a pasar por encima las prohibiciones, es decir, saltárselas de forma que las personas no cumplen si no que buscan la manera de que no descubran el incumplimiento.
La verdadera solución para esta interpretación de la ética consiste en hacer entender a las personas que la calidad profesional no está reñida con la calidad humana. Es decir, la excelencia profesional exige como condición necesaria el desarrollo de todas las virtudes humanas. Las virtudes que todo hombre debe vivir se concretan y especifican en la profesión.
Debemos comportarnos siempre éticamente con independencia de las consecuencias. Lo realmente importante es la virtud y el premio por actuar virtuosamente es ella misma.
La sociedad actual aplaude la inmoralidad y se burla de todo lo moral. Por tanto en ocasiones podemos pensar que actuamos correctamente porque la sociedad acepta y da valor a nuestra forma de actuar y sin embargo estamos actuando en contra de nuestra moralidad que está inscrita en la propia naturaleza humana. Es decir, en ocasiones no obtenemos ningún beneficio "social" por nuestras actuaciones, ningún beneficio externo pero si nuestras acciones son morales si existe el beneficio interno.

Trabajo en la sociedad capitalista

El capitalismo es un sistema económico orientado a la producción y distribución de bienes y servicios para satisfacer las necesidades de la población que surgió en Europa en el siglo XVIII tras la Ilustración. Tiene su origen en las ideas de grandes pensadores como Adam Smith, David Ricardo, Jonh Locke, etc.
Los orígenes del capitalismo remontan a la Edad Media cuando el dinero y el comercio comienzan a cobrar más importancia debido a la desvinculación de la propiedad de la tierra y al acceso de toda la población a la propiedad, hasta entonces las cosas más valiosas como el honor o la tierra no estaban a la venta.
Llegada de la mano de la Revolución Industrial, la economía de mercado o capitalista fue el sistema económico dominante desde finales de siglo XVIII hasta el primer cuarto del siglo XX, aunque nunca llegó a implantarse en estado puro. En este sistema, las
familias y las empresas toman decisiones, apoyándose en dos herramientas que facilitan las transacciones; por un lado, un medio de pago universal: el dinero; y por otro, un lugar donde compradores y vendedores se ponen de acuerdo: el mercado.
Este sistema defiende la propiedad individual y la libre empresa que sirven de motivación para innovar en el proceso productivo con el fin de obtener mayores beneficios. El mercado funciona libremente rigiéndose por la ley de oferta y demanda sin participación del sector público. La intervención del Estado se reduce a la mínima expresión; se limita a asegurar un marco de leyes e instituciones que regulan y supervisan los procesos de producción y distribución que permiten a la sociedad organizarse para que funcione el libre mercado entre empresas y particulares sin que nadie se vea perjudicado.
La gran ventaja de este sistema económico es que las personas consumen y producen según sus preferencias pero presenta una serie de limitaciones:
-Inestabilidad cíclica. Puesto que la economía de mercado está en manos de la iniciativa privada, y esta tiende a ser variable, cada cierto tiempo entra en crisis. Este sistema presenta cuatro fases irregulares tanto en duración como en el grado en que la producción alcanzada se desvía de la potencial estas son: la depresión que se caracteriza por la infrautilización de los recursos productivos y tasas de paro y volumen de existencias almacenadas altos; la expansión que comienza con el reemplazo o renovación de los bienes de capital envejecidos en la etapa de depresión; el auge o cima en la que la capacidad productiva instalada alcanza niveles de plena utilización; y por último la fase de recesión que se produce cuando las expectativas sobre precios y ventas no se ven confirmadas, se obtienen menos rendimientos y por consecuencia desciende el consumo de todos los agentes económicos. Actualmente nos encontramos en una época de crisis o recesión con elevadas tasas de paro que no solo afecta a la economía sino que socialmente disminuye el grado de bienestar de la población.
-Escasez de bienes no rentables. Dada su escasez o su importancia estratégica, el suministro y gestión de ciertos bienes y servicios debe ser asumido por el sector público, aceptando en muchas ocasiones grandes pérdidas o poca eficiencia productiva. Como el caso de la Sanidad pública española que, a pesar de ser una de las mejores, en ocasiones, presenta un servicio precario con largas listas de espera por falta de competencia ya que, la mayoría de la gente que recurre a la sanidad pública no tiene recursos suficientes para acceder a la sanidad privada. Además existen bienes que por su naturaleza no se pueden privatizar como la limpieza de las calles o el cuidado de la naturaleza que debe suministrar el sector publico porque se ve beneficiada toda la población y no un particular.

-Deterioro del medio ambiente. Como resultado de la producción de bienes y servicios, hay ciertos efectos negativos que no son contemplados por el mercado, como la contaminación y el deterioro del entorno. El cuidado del medio ambiente no genera beneficios económicos para el que lo posee pero se ve beneficiada toda la población por eso el Estado debe fomentar políticas que defiendan el medio ambiente para que protejan los parques naturales, los animales en peligro de extinción, etc.

-Abusos de ciertas empresas. Algunas empresas desequilibran el mercado desde su posición dominante. Esto sucede cuando tienen el poder suficiente para fijar el precio o las condiciones de venta. Además, las campañas publicitarias de las empresas crean necesidades en los consumidores de forma artificial, con lo que el mercado no funciona libremente ya que son las empresas las que crean demanda y no los consumidores.

-Distribución desigual de la renta. Todo el mundo elige según sus preferencias, pero no siempre según sus disponibilidades. Con independencia de las preferencias o gustos, en el mercado solo expresan su opinión aquellos cuyo nivel de ingresos les permite pagar los precios de los bienes y servicios que ofrecen las empresas porque la oferta se establece en función de la demanda y esta se expresa mediante la adquisición de productos pero la gente de rentas bajas o medias que no tiene la
capacidad económica para comprar el producto no puede expresar sus preferencias en el mercado.
De todos los problemas citados, la distribución desigual de la renta es el más relevante. Fuente de graves problemas sociales, este inconveniente fue el que centro las principales críticas al entra periódicamente en crisis pero este defecto no se conoció hasta la Gran Depresión de 1929 cuyos efectos sobre las economías mundiales fueron tan devastadores que los gobiernos comprendieron que todo cambiaria después de aquello: en lo sucesivo el Estado intervendría más activamente para corregir los desajustes del mercado. De esta forma se originó el sistema de economía mixta en el que el sector público se encarga de las siguientes funciones:
-Establecer el marco jurídico-institucional. Sin la existencia de unas reglas y normativas básicas -un salario mínimo, la jornada de ocho horas, la protección del medio ambiente, las medidas de prestación social, etc., impuestas por una autoridad superior- no sería posible que las familias y las empresas pudieran desarrollar sus actividades sin que nadie se viera perjudicado.

-Suministrar bienes públicos. Hay una serie de bienes que la sociedad cree que deben ser disfrutados por todos, como la educación, la sanidad o las carreteras, de tal forma que son ofrecidos por el Estado, ya que la empresa privada no los podría suministrar o lo haría a precios demasiado altos. Otros servicios, dada su importancia estratégica en el buen funcionamiento de una democracia, deben ser gestionados por el sector público, como, por ejemplo, el ejército, la policía o la justicia.

-Redistribuir la renta. Como no todas las personas nacen con las mismas oportunidades o capacidades, el sector público trata de corregir las diferencias socioeconómicas para lograr un mínimo nivel de bienestar para todos. Algunos ejemplos de esta actuación son las pensiones de jubilación, las subvenciones a empresas por creación de empleos o las ayudas a las familias numerosas.

-Suavizar la inestabilidad cíclica. Sujeto a la iniciativa privada, el sistema de economía de mercado alterna fases de expansión y fases de recesión, por lo que es responsabilidad del Estado que las transiciones entre ambos tipos de ciclo sean lo más suaves posible.
La economía mixta se sitúa a medio camino entre los sistemas de economía de mercado y de planificación centralizada, tratando de aprovechar las ventajas de ambos sistemas, si bien en la práctica ha sido inevitable heredar sus defectos.
Las sociedades de los países ricos, España entre ellos, impulsaron durante el siglo XX el denominado Estado de Bienestar, un caso particular de sistema de economía mixta caracterizado por un alto grado de intervencionismo del Estado en la economía y un elevado gasto social.
Pero esta organización de la sociedad orientada a la producción de bienes y servicios para satisfacer las necesidades debe concertar libertad y conciencia para no convertirse en religión sucedánea sino útil para el progreso humano.
El capitalismo no es solo un sistema económico sino también sistema de vida que tiende a valorar las cosas por lo que cuestan, por su precio, no por lo que valen. Es decir, las cosas gratis no se valoran como una puesta de sol, senderismo, etc. Esto degenera en que a la sociedad le interesa más lo que más dinero cuesta según la ley de oferta y demanda es decir por su exclusividad y lo que es valioso pero gratis no le interesa. A veces incluso las cosas solo interesan por su precio porque si fueran baratas ya no las comprarían, solo se compran por el prestigio social que se consigue al tener algo caro y exclusivo porque por lo que se valora a las personas es por su dinero, esto ocurre por ejemplo con los coches de lujo. Este sistema de vida prioriza el tener sobre el ser materializando toda la realidad buscando el beneficio, el bienestar y la comodidad esto lleva a aprobar socialmente crímenes como el aborto o la eutanasia ya que esas personas dependientes suponen solo un gasto y un esfuerzo, olvidando la dignidad humana ponen la felicidad en la comodidad. Pero esto junto con la exaltación
de la técnica y el progreso lleva consigo una gran dificultad para afrontar el sufrimiento o la muerte porque reduciendo el hombre a lo material, al tener, la sociedad pierde toda esperanza y cae en la angustia y la desolación.
Además, al valorar los empleos solo por el dinero que generan (salario) se pierde la sensibilidad para valorar los trabajos manuales o otros no remunerados como el ama de casa y la persona se pone al servicio de obtener un mayor rendimiento económico y cae en la infelicidad porque el fin del hombre no es material.

Santificación del trabajo

Santificar el trabajo profesional

El concepto de santificación del trabajo no surge hasta el siglo XX ya que hasta entonces, la santidad estaba reducida al ámbito de las personas consagradas, a pesar de que Jesús ya había santificado su vida ordinaria. En 1928 San Josemaría Escrivá y más adelante el Concilio Vaticano II le da un vuelco a la concepción de la vida ordinaria de los cristianos ya que proclama la posibilidad de santificar el día a día de un cristiano.
El trabajo constituye la materia que al cristiano, común y corriente, se le ofrece para santificar en primera instancia. Los llamados deberes ordinarios del cristiano no se reducen a lo que hoy sociológicamente puede llamarse trabajo profesional. El trabajo es un elemento esencial para constituir la sociedad civil, pero esta última no se reduce a la dimensión profesional, sino que la trasciende, sin poder prescindir del trabajo en sentido estricto. Por ejemplo el trabajo de una madre de familia que no se considera socialmente un empleo, pero desempeña un trabajo fundamental para la sociedad.
Se trata de ver el trabajo como una posibilidad real de relaciones personales inéditas en el ámbito de la producción, distribución y utilización de bienes y servicios, en los que su carácter relacional lo constituye como objeto de santificación ya que lo único estructuralmente santificable son las personas y sus relaciones. El trabajo profesional puede entenderse, de modo genérico, como aquella actividad de carácter público que implica una aportación positiva a la sociedad. Ha de ser un trabajo sometido a ciertos principios científicos y sujeto a reglas universalmente aceptadas que orientan la moralidad de su ejercicio (lo que denominamos código ético). Con el paso de los años, se ha aplicado el término profesión a aquellas prácticas que implican un factor preferentemente intelectual, y oficio, si entrañan un mayor índice de acciones manuales. Pero ambos abren un mundo donde todo está íntimamente relacionado, lo que permite santificarlo.
El código deontológico de toda profesión u oficio incluye por propia naturaleza la obligación de llevar a cabo una obra bien hecha, que se constituye así en un imperativo ético básico, sin el que resultaría difícil y aun imposible el cumplimiento de las demás obligaciones morales en torno a esa actividad. Este imperativo ético básico de la obra bien hecha se transforma, para la persona que aspira a santificar su trabajo, en un ideal de perfección, debido a que santificar algo significa en primer término convertirlo en ofrenda a Dios y por lo tanto hacerlo de la mejor manera posible. "Entre las muchas alabanzas que dirigieron a Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas: bene omnia fecit, todo lo ha hecho bien" (San Josemaría Escriba de Balaguer). El servicio a Dios se encuentra así íntimamente vinculado con la tarea que hemos de realizar.
Una persona que se empeña en santificar su trabajo, no encontrará conflictos entre lo que hemos llamado código científico y técnico, y el código ético imperante en cada profesión. Más aún, un aspecto de la acción de santificar el trabajo es precisamente lograr que en las actividades profesionales se hagan compatibles la técnica con la ética. Por el decaimiento ético que se ha producido en nuestro tiempo dentro de muchas prácticas profesionales, es cada vez más necesario explicitar abiertamente esas reglas morales básicas, como condición sine qua non para que una determinada actividad pueda recibir el calificativo de profesional. De esta manera se apreciaría más claramente que comportamientos inmorales, como por ejemplo mentir, falsear los hechos comprobatorios de una hipótesis, o presentar como propias ideas ajenas, no pueden formar parte de las exigencias de la profesión; no son "profesionales". Quien busca santificar su trabajo debe considerar como tarea imprescindible mantener y fortalecer esta coherencia integral entre la profesión y la moral. El trabajo, además de ser el camino para el logro de la propia y familiar subsistencia es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Juan Pablo II dará a esta cualidad del trabajo una señalada importancia, que está presente en cada paso de su Encíclica Laborem exercens: "El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido "se hace más hombre".

El valor ético de la obra profesional bien hecha resulta indiscutible. En primer lugar, para que el trabajo pueda merecer el juicio de bien hecho, debe estar acabado; las cosas no pueden quedar a medias. Peter Drucker, dice con frase concisa que las empresas deben hacer bien las cosas (do well) para poder hacer el bien (do good). Este grato juego de palabras sajonas fue análogamente advertido muchos años antes por San Josemaría Escrivá, valiéndose de otro juego de términos castellanos: "para servir, servir". Para prestar un servicio, para beneficiar a los demás, hay que servir: saber hacer las cosas, ser útiles.
El acabar o terminar la tarea debe considerarse como el logro de su fin, entendido como culminación, y no como límite. En efecto, si bien el trabajo se presenta como la materia de santificación, la santificación del trabajo se constituye como un fin para el cristiano; y el fin se busca de un modo ilimitado o infinito, esto es, hasta su plenitud: el fin no admite mediocridades que son, precisamente, más propias de los medios. El trabajo del hombre debe hacerse con perfección por la llamada universal a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" por lo que debe cuidar los detalles.
La santidad no se identifica con las acciones extraordinarias sino con una vida ordinaria en busca de la perfección con alegría que cambia radicalmente el modo de ser del trabajo.
Finalmente, este requerimiento ético de la obra bien hecha comporta necesariamente la obligación, también ética, de la educación continua, contemporáneamente más necesaria por causa de los acelerados avances de la ciencia y de la técnica. Además, vivir la justicia en el trabajo es el mejor medio al alcance del cristiano para aportar a la sociedad lo que le debe, dejando en ella su impronta positiva, y ordenándola de acuerdo con sus fines cristianos. Pero no se trata sólo de un servicio de carácter humano, sino que conlleva el intento -el esfuerzo- de que las instituciones y estructuras temporales se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida.

2. Santificarse en el trabajo profesional

La propia profesión u oficio representa la materia que debe santificarse, pero además y simultáneamente es el medio por el que, quien ejerce la profesión o practica el oficio, logra su propia santificación. El trabajo profesional bien hecho, ya de suyo, colabora positivamente en el crecimiento y progreso de la vida espiritual de muchas maneras. En primer término, el trabajo se constituye como un medio insustituible para el desarrollo de las propias virtualidades naturales, cimiento y base de las sobrenaturales.
El trabajo es ámbito privilegiado para el despliegue de las virtudes sobrenaturales por parte del cristiano: para "vivir con perfección su fe" convirtiendo las actividades ordinarias de la vida en un "encuentro con el Señor"
El trabajo santificado (en su doble dimensión, objetiva y subjetiva, es decir, de obra hecha y de acción intencionada a hacerla, ambas en Cristo), tiene significado propio: significa algo en si mismo y por si mismo.
La rectitud de intención hace que nunca olvidemos cuál es el verdadero fin de nuestro trabajo: la gloria de Dios. Esta rectitud de intención en un esfuerzo ascético continuo que nos impulsa a plenificar las exigencias naturales y aun materiales implicadas en todo trabajo humano, no debe perderse de vista que esa realidad divina en que consiste la vocación cristiana a la santidad se inserta en las entrañas de nuestra vida. 3. Santificar a los demás con la profesión

Los cristianos deben llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de la montaña. El trabajo es un requerimiento ético. El trabajo del hombre no se restringe a las meras relaciones obrero-patronales, al contrario, el desarrollo del hombre empieza por sí mismo y se expande.
Al afirmar que el trabajo es instrumento de santificación de los demás hombres estamos afrontando de manera completa la necesidad de su desarrollo, en todos los aspectos. En consecuencia, el apostolado no debe estar ausente en el trabajo, ni debe considerarse como una accidental yuxtaposición.
Para San Josemaría: "El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles a Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Éfeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad"

La ordenación real y efectiva de las estructuras temporales es una tarea social.
De ahí que la ordenación de las estructuras temporales no sólo sería imposible sin el apostolado, sino que es constitutivamente parte del apostolado mismo. Santificar a los demás en las labores cotidianas requiere, en primer término, tener conciencia del valor social del trabajo.
En el trabajo ordinario hemos de manifestar siempre la caridad ordenada, el deseo y la realidad de hacer perfecta por el amor nuestra tarea; la convivencia con todos, para
llevarlos "oportune et importune" (2 Tim 4, 2), con la ayuda del Señor y con garbo humano, a la vida cristiana, y aun a la perfección cristiana en el mundo. Este carácter social del trabajo se torna evidente cuando se concibe con una finalidad de servicio a la comunidad social: "Esta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás.

BIBLIOGRAFIA:

¿CUÁL ES EL VERDADERO VALOR DEL TRABAJO?

Por: Lucía Campos Rilo, María Eimil Méndez, Esther Rodríguez-Losada Torres

Concepto del trabajo

La palabra trabajo se aplica a todo lo que, de alguna manera, supone un esfuerzo. Consiste en la aplicación de las fuerzas humanas a una tarea socialmente relevante, sea en el orden intelectual o cultural, sea en el productivo o económico, etc. Más restringidamente se habla del trabajo limitando su ámbito al ejercicio de las facultades humanas sobre objetos exteriores para comunicarles utilidad y valor, a fin de que puedan servir para satisfacer las necesidades vitales, permitan realizarse como hombres, contribuyan al progreso social, etc.
El trabajo, pues, supone un quehacer humano, una especie de comunicación inteligente del hombre con las cosas y el mundo, en la que imprime como un sello representativo de su personalidad.
El trabajo es por eso algo personal, en cuanto que implica un despliegue de muy variadas energías de la persona humana y expresa algunas de sus dimensiones más íntimas; necesario, porque a él está vinculado necesariamente el desarrollo del destino humano; social, puesto que relaciona al hombre con otros y es él mismo realizado mediante la cooperación y coordinación de esfuerzos.
El trabajo se puede definir también como una participación de la obra creadora de Dios de la que los humanos participan por medio de la capacidad creadora y remodeladora del trabajo aplicado al entorno.
Durante la antigüedad, el trabajo manual orientado a la producción, se consideraba degradante para el hombre. En la Grecia antigua se consideraba la máxima perfección del hombre el alcanzar la sabiduría. Se establecieron dos clases de hombres; los primeros se encargaron del trabajo productivo y estaban al servicio de los segundos que se dedicaban a la vida intelectual y estaban al servicio del orden público (entre ellos los filósofos).
Esta es prácticamente la base de la sociedad estamental, que continuó hasta la edad moderna, con algunas funciones añadidas a la clase privilegiada como la función de defensa del territorio (importante sobre todo en la Edad Media) administrativa y de gobierno.
Con la revolución industrial surgió un nuevo grupo social; la burguesía, la cual obtenía capital a través del trabajo y fue poco a poco imponiéndose a los estamentos tradicionales, inaugurando una nueva sociedad de clases.
En la actualidad, sin embargo vivimos en una sociedad en la que el trabajo es un medio de prestigio, valorándolo según el salario correspondiente y tipo de trabajo.
El único cambio anterior a la Edad Moderna respecto a la valoración del trabajo fue dado por el cristianismo. En la doctrina cristiana el trabajo ha sido valorado siempre positivamente ya que a ejemplo de Jesucristo, que durante su vida oculta trabajó en Nazaret, el trabajo se nos presenta como un medio digno de santificación del hombre.
A continuación hablaremos de la influencia del cristianismo en el trabajo más concretamente en lo que dice la doctrina social de la Iglesia sobre el trabajo.

1.-Trabajo y dignidad de la persona

La doctrina social de la Iglesia dice que el trabajo digno dignifica al hombre
pues es una participación de la obra creadora de Dios:
Hay que hacer esto, teniendo siempre presente la vocación bíblica a dominar la tierra, (cfr. Gén. 1, 28) en la que se ha expresado la voluntad del Creador, para que el trabajo ofreciera al hombre la posibilidad de alcanzar el " dominio " que le es propio en el mundo visible.
La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que El "creó a su semejanza, a su imagen " (cfr. Gén. 1, 26-27), no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: " Con el sudor de tu rostro comerás el pan ". (Gén.3,19). Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es el camino por el que el hombre realiza el "dominio". Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es universalmente experimentado.
No obstante, con toda esta fatiga -y quizás, en un cierto sentido, debido a ella esto no quita que, en cuanto tal, sea un bien del hombre. Y que es un bien que expresa esta dignidad y la aumenta. Queriendo precisar mejor el significado ético del trabajo, se debe tener presente ante todo esta verdad: El trabajo es un bien del hombre porque mediante el trabajo el hombre en un cierto sentido " se hace más hombre".
Si se prescinde de esta consideración no se puede comprender el significado de la virtud de la laboriosidad y más en concreto no se puede comprender por qué la laboriosidad debería ser una virtud: en efecto, la virtud, como actitud moral, es aquello por lo que el hombre llega a ser bueno como hombre.
Es sabido además, que es posible usar de diversos modos el trabajo contra el hombre que se puede hacer del trabajo un medio de opresión del hombre. Todo nos enseña que se ha de unir la laboriosidad como virtud con el orden social del trabajo.

2.- Trabajo y sociedad: familia, nación

El trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. El trabajo es una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Trabajo y laboriosidad condicionan a su vez todo el proceso de educación dentro de la familia, precisamente por la razón de que cada uno " se hace hombre ", entre otras cosas, mediante el trabajo, y ese hacerse hombre expresa precisamente el fin principal de todo el proceso educativo.
Evidentemente aquí entran en juego, en un cierto sentido, dos significados del trabajo: el que consiente la vida y manutención de la familia, y aquel por el cual se realizan los fines de la familia misma.
En conjunto se debe recordar y afirmar que la familia constituye uno de los puntos de referencia más importantes, según los cuales debe formarse el orden socio-ético del trabajo humano. En efecto, la familia es, al mismo tiempo, una comunidad hecha posible gracias al trabajo y la primera escuela interior de trabajo para todo hombre.
El reflejo de la familia en la sociedad hace que el hombre entienda también su trabajo como incremento del bien común dándose así cuenta que por este camino el trabajo sirve para multiplicar el patrimonio de toda la familia humana, de todos los hombres que viven en el mundo.

3.- Salario y otras prestaciones sociales

La remuneración del trabajo, sigue siendo una vía concreta, a través de la cual la gran mayoría de los hombres puede acceder a los bienes que están destinados al uso común. Los unos y los otros se hacen accesibles al hombre del trabajo gracias al salario que recibe como remuneración por su trabajo. De aquí que, precisamente el
salario justo se convierta en todo caso en la verificación concreta de la justicia de todo el sistema socio-económico.
Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar -es decir, un salario único dado al cabeza de familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa- bien sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia.
La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas.
Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre -sin obstaculizar su libertad- dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna.
En este contexto se debe subrayar que, del modo más general, hay que organizar y adaptar todo el proceso laboral de manera que sean respetadas las exigencias de la persona y sus formas de vida, sobre todo de su vida doméstica, teniendo en cuenta la edad y el sexo de cada uno.
Además del salario, aquí entran en juego algunas otras prestaciones sociales que tienen por finalidad la de asegurar la vida y la salud de los trabajadores y de su familia. Los gastos relativos a la necesidad de cuidar la salud, especialmente en caso de accidentes de trabajo, exigen que el trabajador tenga fácil acceso a la asistencia sanitaria y esto, en cuanto sea posible, a bajo costo e incluso gratuitamente.
Otro sector relativo a las prestaciones es el vinculado con el derecho al descanso; se trata ante todo de regular el descanso semanal, que comprenda al menos el domingo y además un reposo más largo, es decir, las llamadas vacaciones una vez al año o eventualmente varias veces por períodos más breves. En fin, se trata del derecho a la pensión, al seguro de vejez y en caso de accidentes relacionados con la prestación laboral.
Entre estos derechos hay que tener siempre presente el derecho a ambientes de trabajo y a procesos productivos que no comporten perjuicio a la salud física de los trabajadores y no dañen su integridad moral.

4.-Trabajo y discapacidad:

Dado que la persona con discapacidad es un sujeto con todos los derechos, debe facilitársele el participar en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades. El trabajo en sentido objetivo debe estar subordinado, también en esta circunstancia, a la dignidad del hombre, al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas.
Corresponde al estado promover con medidas eficaces y apropiadas el derecho de la persona con discapacidad a la preparación profesional y al trabajo, de manera que ella pueda integrarse en una actividad productora para la que sea idónea.
Deberá prestarse gran atención, lo mismo que para los demás trabajadores, a las condiciones físicas y psicológicas de estas personas, a la justa remuneración, a las posibilidades de promoción, y a la eliminación de los diversos obstáculos.

5.- Trabajo y emigración:

Este es un fenómeno antiguo, pero que todavía se repite y tiene, también hoy, grandes implicaciones en la vida contemporánea. El hombre tiene derecho a abandonar su País de origen por varios motivos -como también a volver a él- y a
buscar mejores condiciones de vida en otro País. Este hecho constituye generalmente una pérdida para el País del que se emigra. Viene a faltar en tal situación un sujeto de trabajo que podría contribuir al aumento del bien común en el propio País, en cambio esta ayuda se da a otra sociedad.
Sin embargo, aunque la emigración es bajo cierto aspecto un mal, en determinadas circunstancias es un mal necesario.
Lo más importante es que el hombre, que trabaja fuera de su País natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social. Este es un principio fundamental: el sentido profundo del trabajo mismo exige que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital.

Ética y trabajo:

La ética es la ciencia que se refiere al estudio filosófico de la acción y conducta humana en relación con la moralidad. La ética es una parte de la filosofía, la filosofía moral. Por tanto ética y moral tienen el mismo significado.
El trabajo debe ser éticamente correcto por la sencilla razón de que tiene lugar entre personas y las personas deben comportarse éticamente, es decir, acorde con la ley moral.
Existe una sola ética formada por normas objetivas, inscritas en la propia naturaleza humana y estas normas son válidas siempre y para todos.
La ética fundada en la tradición filosófica es realista y teleológica pues arranca en Aristóteles que considera que el hombre es un ser racional, social y libre y capaz de organizarse para conseguir fines, poner medios para lograrlos, capaz de aprender, de mejorar y progresar hacia la consecución de sus fines personales y sociales.
Las fuentes de la moralidad son tres: el objeto o fin de la obra, la intención del agente y las circunstancias (entre las que destacan las consecuencias).
La doctrina moral ha enseñado que la existencia de unas normas objetivas hace que el elemento decisivo para el juicio moral sea el objeto del acto humano.
Hay actos que son intrínsecamente malos, es decir, que lo son siempre y por sí mismos y ninguna intención, por buena que sea, puede convertir un acto malo en un acto bueno, al igual que tampoco las circunstancias que rodeen al acto lo convertirían.
Sin embargo, existen algunas corrientes llamadas consecuencialistas que afirman que si tales actos fueran puestos con la intención de producir un estado de cosas mejor para todas las personas y circunstancias, esos actos por malos que fueran no serían ilícitos.
Los actos inmorales degradan al hombre porque no lo dignifican, si no que atentan contra la dignidad que caracteriza a las personas por el hecho de ser personas. Estos errores en la conducta humana influyen en el trabajo. Ya sea en las empresas, estudios…
En el trabajo aparecen de nuevo los tres elementos necesarios para calificar la moralidad de las actuaciones:
En primer lugar el objeto que serán los bienes, servicios, aprendizaje etc., en segundo lugar la intención de la persona que trabaja y en tercer lugar el fin que se desea obtener que puede ser beneficio, remuneración, aprobado etc.
El objeto puede ser moralmente inaceptable si por ejemplo fuese una empresa dedicada a la fabricación de anticonceptivos o a la práctica del aborto aunque las personas dedicadas a ello lo hagan, por ejemplo, porque tienen que alimentar a sus hijos y no han encontrado otro trabajo.
Estos temas están muy presentes en la sociedad actual que acepta la práctica del aborto y lo expone como un derecho para las personas. Sin embargo y a pesar de que la sociedad apruebe esta conducta, es un acto moralmente incorrecto que degrada al hombre, pues no respeta la dignidad de la persona humana.
El objeto es el elemento o fuente de moralidad más importante ya que si el objeto del acto es inmoral, el acto en sí también lo es con independencia de la intención o las circunstancias que lo rodeen.
La intención podría ser también moralmente inaceptable si la persona pone el fin de su trabajo al servicio de causas innobles y esto podría convertir el objeto de un trabajo bueno en un trabajo moralmente inaceptable.
Con las circunstancias, especialmente las consecuencias, pasaría exactamente lo mismo. Podrían ser moralmente inaceptables en algún caso, como por ejemplo el trabajo realizado por una empresa ilegal que ha conseguido dinero de manera fraudulenta o sin respetar la dignidad de las personas y serían moralmente incorrectas con independencia del objeto o la intención, que pueden ser buenas.
Por tanto, las normas objetivas deben ser conocidas por el hombre para que éste pueda tomar de manera libre y responsable sus propias decisiones evitando aquello que no se debe hacer y adhiriéndose a la verdad y al bien.
Esto es precisamente lo que persiguen los códigos de conducta, aunque en algunos casos se limitan a prohibir y esto tiene una doble consecuencia. En primer lugar no motiva a las personas para comportarse de manera éticamente correcta y en segundo lugar le induce a pasar por encima las prohibiciones, es decir, saltárselas de forma que las personas no cumplen si no que buscan la manera de que no descubran el incumplimiento.
La verdadera solución para esta interpretación de la ética consiste en hacer entender a las personas que la calidad profesional no está reñida con la calidad humana. Es decir, la excelencia profesional exige como condición necesaria el desarrollo de todas las virtudes humanas. Las virtudes que todo hombre debe vivir se concretan y especifican en la profesión.
Debemos comportarnos siempre éticamente con independencia de las consecuencias. Lo realmente importante es la virtud y el premio por actuar virtuosamente es ella misma.
La sociedad actual aplaude la inmoralidad y se burla de todo lo moral. Por tanto en ocasiones podemos pensar que actuamos correctamente porque la sociedad acepta y da valor a nuestra forma de actuar y sin embargo estamos actuando en contra de nuestra moralidad que está inscrita en la propia naturaleza humana. Es decir, en ocasiones no obtenemos ningún beneficio "social" por nuestras actuaciones, ningún beneficio externo pero si nuestras acciones son morales si existe el beneficio interno.

Trabajo en la sociedad capitalista

El capitalismo es un sistema económico orientado a la producción y distribución de bienes y servicios para satisfacer las necesidades de la población que surgió en Europa en el siglo XVIII tras la Ilustración. Tiene su origen en las ideas de grandes pensadores como Adam Smith, David Ricardo, Jonh Locke, etc.
Los orígenes del capitalismo remontan a la Edad Media cuando el dinero y el comercio comienzan a cobrar más importancia debido a la desvinculación de la propiedad de la tierra y al acceso de toda la población a la propiedad, hasta entonces las cosas más valiosas como el honor o la tierra no estaban a la venta.
Llegada de la mano de la Revolución Industrial, la economía de mercado o capitalista fue el sistema económico dominante desde finales de siglo XVIII hasta el primer cuarto del siglo XX, aunque nunca llegó a implantarse en estado puro. En este sistema, las
familias y las empresas toman decisiones, apoyándose en dos herramientas que facilitan las transacciones; por un lado, un medio de pago universal: el dinero; y por otro, un lugar donde compradores y vendedores se ponen de acuerdo: el mercado.
Este sistema defiende la propiedad individual y la libre empresa que sirven de motivación para innovar en el proceso productivo con el fin de obtener mayores beneficios. El mercado funciona libremente rigiéndose por la ley de oferta y demanda sin participación del sector público. La intervención del Estado se reduce a la mínima expresión; se limita a asegurar un marco de leyes e instituciones que regulan y supervisan los procesos de producción y distribución que permiten a la sociedad organizarse para que funcione el libre mercado entre empresas y particulares sin que nadie se vea perjudicado.
La gran ventaja de este sistema económico es que las personas consumen y producen según sus preferencias pero presenta una serie de limitaciones:
-Inestabilidad cíclica. Puesto que la economía de mercado está en manos de la iniciativa privada, y esta tiende a ser variable, cada cierto tiempo entra en crisis. Este sistema presenta cuatro fases irregulares tanto en duración como en el grado en que la producción alcanzada se desvía de la potencial estas son: la depresión que se caracteriza por la infrautilización de los recursos productivos y tasas de paro y volumen de existencias almacenadas altos; la expansión que comienza con el reemplazo o renovación de los bienes de capital envejecidos en la etapa de depresión; el auge o cima en la que la capacidad productiva instalada alcanza niveles de plena utilización; y por último la fase de recesión que se produce cuando las expectativas sobre precios y ventas no se ven confirmadas, se obtienen menos rendimientos y por consecuencia desciende el consumo de todos los agentes económicos. Actualmente nos encontramos en una época de crisis o recesión con elevadas tasas de paro que no solo afecta a la economía sino que socialmente disminuye el grado de bienestar de la población.
-Escasez de bienes no rentables. Dada su escasez o su importancia estratégica, el suministro y gestión de ciertos bienes y servicios debe ser asumido por el sector público, aceptando en muchas ocasiones grandes pérdidas o poca eficiencia productiva. Como el caso de la Sanidad pública española que, a pesar de ser una de las mejores, en ocasiones, presenta un servicio precario con largas listas de espera por falta de competencia ya que, la mayoría de la gente que recurre a la sanidad pública no tiene recursos suficientes para acceder a la sanidad privada. Además existen bienes que por su naturaleza no se pueden privatizar como la limpieza de las calles o el cuidado de la naturaleza que debe suministrar el sector publico porque se ve beneficiada toda la población y no un particular.

-Deterioro del medio ambiente. Como resultado de la producción de bienes y servicios, hay ciertos efectos negativos que no son contemplados por el mercado, como la contaminación y el deterioro del entorno. El cuidado del medio ambiente no genera beneficios económicos para el que lo posee pero se ve beneficiada toda la población por eso el Estado debe fomentar políticas que defiendan el medio ambiente para que protejan los parques naturales, los animales en peligro de extinción, etc.

-Abusos de ciertas empresas. Algunas empresas desequilibran el mercado desde su posición dominante. Esto sucede cuando tienen el poder suficiente para fijar el precio o las condiciones de venta. Además, las campañas publicitarias de las empresas crean necesidades en los consumidores de forma artificial, con lo que el mercado no funciona libremente ya que son las empresas las que crean demanda y no los consumidores.

-Distribución desigual de la renta. Todo el mundo elige según sus preferencias, pero no siempre según sus disponibilidades. Con independencia de las preferencias o gustos, en el mercado solo expresan su opinión aquellos cuyo nivel de ingresos les permite pagar los precios de los bienes y servicios que ofrecen las empresas porque la oferta se establece en función de la demanda y esta se expresa mediante la adquisición de productos pero la gente de rentas bajas o medias que no tiene la
capacidad económica para comprar el producto no puede expresar sus preferencias en el mercado.
De todos los problemas citados, la distribución desigual de la renta es el más relevante. Fuente de graves problemas sociales, este inconveniente fue el que centro las principales críticas al entra periódicamente en crisis pero este defecto no se conoció hasta la Gran Depresión de 1929 cuyos efectos sobre las economías mundiales fueron tan devastadores que los gobiernos comprendieron que todo cambiaria después de aquello: en lo sucesivo el Estado intervendría más activamente para corregir los desajustes del mercado. De esta forma se originó el sistema de economía mixta en el que el sector público se encarga de las siguientes funciones:
-Establecer el marco jurídico-institucional. Sin la existencia de unas reglas y normativas básicas -un salario mínimo, la jornada de ocho horas, la protección del medio ambiente, las medidas de prestación social, etc., impuestas por una autoridad superior- no sería posible que las familias y las empresas pudieran desarrollar sus actividades sin que nadie se viera perjudicado.

-Suministrar bienes públicos. Hay una serie de bienes que la sociedad cree que deben ser disfrutados por todos, como la educación, la sanidad o las carreteras, de tal forma que son ofrecidos por el Estado, ya que la empresa privada no los podría suministrar o lo haría a precios demasiado altos. Otros servicios, dada su importancia estratégica en el buen funcionamiento de una democracia, deben ser gestionados por el sector público, como, por ejemplo, el ejército, la policía o la justicia.

-Redistribuir la renta. Como no todas las personas nacen con las mismas oportunidades o capacidades, el sector público trata de corregir las diferencias socioeconómicas para lograr un mínimo nivel de bienestar para todos. Algunos ejemplos de esta actuación son las pensiones de jubilación, las subvenciones a empresas por creación de empleos o las ayudas a las familias numerosas.

-Suavizar la inestabilidad cíclica. Sujeto a la iniciativa privada, el sistema de economía de mercado alterna fases de expansión y fases de recesión, por lo que es responsabilidad del Estado que las transiciones entre ambos tipos de ciclo sean lo más suaves posible.
La economía mixta se sitúa a medio camino entre los sistemas de economía de mercado y de planificación centralizada, tratando de aprovechar las ventajas de ambos sistemas, si bien en la práctica ha sido inevitable heredar sus defectos.
Las sociedades de los países ricos, España entre ellos, impulsaron durante el siglo XX el denominado Estado de Bienestar, un caso particular de sistema de economía mixta caracterizado por un alto grado de intervencionismo del Estado en la economía y un elevado gasto social.
Pero esta organización de la sociedad orientada a la producción de bienes y servicios para satisfacer las necesidades debe concertar libertad y conciencia para no convertirse en religión sucedánea sino útil para el progreso humano.
El capitalismo no es solo un sistema económico sino también sistema de vida que tiende a valorar las cosas por lo que cuestan, por su precio, no por lo que valen. Es decir, las cosas gratis no se valoran como una puesta de sol, senderismo, etc. Esto degenera en que a la sociedad le interesa más lo que más dinero cuesta según la ley de oferta y demanda es decir por su exclusividad y lo que es valioso pero gratis no le interesa. A veces incluso las cosas solo interesan por su precio porque si fueran baratas ya no las comprarían, solo se compran por el prestigio social que se consigue al tener algo caro y exclusivo porque por lo que se valora a las personas es por su dinero, esto ocurre por ejemplo con los coches de lujo. Este sistema de vida prioriza el tener sobre el ser materializando toda la realidad buscando el beneficio, el bienestar y la comodidad esto lleva a aprobar socialmente crímenes como el aborto o la eutanasia ya que esas personas dependientes suponen solo un gasto y un esfuerzo, olvidando la dignidad humana ponen la felicidad en la comodidad. Pero esto junto con la exaltación
de la técnica y el progreso lleva consigo una gran dificultad para afrontar el sufrimiento o la muerte porque reduciendo el hombre a lo material, al tener, la sociedad pierde toda esperanza y cae en la angustia y la desolación.
Además, al valorar los empleos solo por el dinero que generan (salario) se pierde la sensibilidad para valorar los trabajos manuales o otros no remunerados como el ama de casa y la persona se pone al servicio de obtener un mayor rendimiento económico y cae en la infelicidad porque el fin del hombre no es material.

Santificación del trabajo

Santificar el trabajo profesional

El concepto de santificación del trabajo no surge hasta el siglo XX ya que hasta entonces, la santidad estaba reducida al ámbito de las personas consagradas, a pesar de que Jesús ya había santificado su vida ordinaria. En 1928 San Josemaría Escrivá y más adelante el Concilio Vaticano II le da un vuelco a la concepción de la vida ordinaria de los cristianos ya que proclama la posibilidad de santificar el día a día de un cristiano.
El trabajo constituye la materia que al cristiano, común y corriente, se le ofrece para santificar en primera instancia. Los llamados deberes ordinarios del cristiano no se reducen a lo que hoy sociológicamente puede llamarse trabajo profesional. El trabajo es un elemento esencial para constituir la sociedad civil, pero esta última no se reduce a la dimensión profesional, sino que la trasciende, sin poder prescindir del trabajo en sentido estricto. Por ejemplo el trabajo de una madre de familia que no se considera socialmente un empleo, pero desempeña un trabajo fundamental para la sociedad.
Se trata de ver el trabajo como una posibilidad real de relaciones personales inéditas en el ámbito de la producción, distribución y utilización de bienes y servicios, en los que su carácter relacional lo constituye como objeto de santificación ya que lo único estructuralmente santificable son las personas y sus relaciones. El trabajo profesional puede entenderse, de modo genérico, como aquella actividad de carácter público que implica una aportación positiva a la sociedad. Ha de ser un trabajo sometido a ciertos principios científicos y sujeto a reglas universalmente aceptadas que orientan la moralidad de su ejercicio (lo que denominamos código ético). Con el paso de los años, se ha aplicado el término profesión a aquellas prácticas que implican un factor preferentemente intelectual, y oficio, si entrañan un mayor índice de acciones manuales. Pero ambos abren un mundo donde todo está íntimamente relacionado, lo que permite santificarlo.
El código deontológico de toda profesión u oficio incluye por propia naturaleza la obligación de llevar a cabo una obra bien hecha, que se constituye así en un imperativo ético básico, sin el que resultaría difícil y aun imposible el cumplimiento de las demás obligaciones morales en torno a esa actividad. Este imperativo ético básico de la obra bien hecha se transforma, para la persona que aspira a santificar su trabajo, en un ideal de perfección, debido a que santificar algo significa en primer término convertirlo en ofrenda a Dios y por lo tanto hacerlo de la mejor manera posible. "Entre las muchas alabanzas que dirigieron a Jesús los que contemplaron su vida, hay una que en cierto modo comprende todas: bene omnia fecit, todo lo ha hecho bien" (San Josemaría Escriba de Balaguer). El servicio a Dios se encuentra así íntimamente vinculado con la tarea que hemos de realizar.
Una persona que se empeña en santificar su trabajo, no encontrará conflictos entre lo que hemos llamado código científico y técnico, y el código ético imperante en cada profesión. Más aún, un aspecto de la acción de santificar el trabajo es precisamente lograr que en las actividades profesionales se hagan compatibles la técnica con la ética. Por el decaimiento ético que se ha producido en nuestro tiempo dentro de muchas prácticas profesionales, es cada vez más necesario explicitar abiertamente esas reglas morales básicas, como condición sine qua non para que una determinada actividad pueda recibir el calificativo de profesional. De esta manera se apreciaría más claramente que comportamientos inmorales, como por ejemplo mentir, falsear los hechos comprobatorios de una hipótesis, o presentar como propias ideas ajenas, no pueden formar parte de las exigencias de la profesión; no son "profesionales". Quien busca santificar su trabajo debe considerar como tarea imprescindible mantener y fortalecer esta coherencia integral entre la profesión y la moral. El trabajo, además de ser el camino para el logro de la propia y familiar subsistencia es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Juan Pablo II dará a esta cualidad del trabajo una señalada importancia, que está presente en cada paso de su Encíclica Laborem exercens: "El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en cierto sentido "se hace más hombre".

El valor ético de la obra profesional bien hecha resulta indiscutible. En primer lugar, para que el trabajo pueda merecer el juicio de bien hecho, debe estar acabado; las cosas no pueden quedar a medias. Peter Drucker, dice con frase concisa que las empresas deben hacer bien las cosas (do well) para poder hacer el bien (do good). Este grato juego de palabras sajonas fue análogamente advertido muchos años antes por San Josemaría Escrivá, valiéndose de otro juego de términos castellanos: "para servir, servir". Para prestar un servicio, para beneficiar a los demás, hay que servir: saber hacer las cosas, ser útiles.
El acabar o terminar la tarea debe considerarse como el logro de su fin, entendido como culminación, y no como límite. En efecto, si bien el trabajo se presenta como la materia de santificación, la santificación del trabajo se constituye como un fin para el cristiano; y el fin se busca de un modo ilimitado o infinito, esto es, hasta su plenitud: el fin no admite mediocridades que son, precisamente, más propias de los medios. El trabajo del hombre debe hacerse con perfección por la llamada universal a la santidad: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" por lo que debe cuidar los detalles.
La santidad no se identifica con las acciones extraordinarias sino con una vida ordinaria en busca de la perfección con alegría que cambia radicalmente el modo de ser del trabajo.
Finalmente, este requerimiento ético de la obra bien hecha comporta necesariamente la obligación, también ética, de la educación continua, contemporáneamente más necesaria por causa de los acelerados avances de la ciencia y de la técnica. Además, vivir la justicia en el trabajo es el mejor medio al alcance del cristiano para aportar a la sociedad lo que le debe, dejando en ella su impronta positiva, y ordenándola de acuerdo con sus fines cristianos. Pero no se trata sólo de un servicio de carácter humano, sino que conlleva el intento -el esfuerzo- de que las instituciones y estructuras temporales se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida.

2. Santificarse en el trabajo profesional

La propia profesión u oficio representa la materia que debe santificarse, pero además y simultáneamente es el medio por el que, quien ejerce la profesión o practica el oficio, logra su propia santificación. El trabajo profesional bien hecho, ya de suyo, colabora positivamente en el crecimiento y progreso de la vida espiritual de muchas maneras. En primer término, el trabajo se constituye como un medio insustituible para el desarrollo de las propias virtualidades naturales, cimiento y base de las sobrenaturales.
El trabajo es ámbito privilegiado para el despliegue de las virtudes sobrenaturales por parte del cristiano: para "vivir con perfección su fe" convirtiendo las actividades ordinarias de la vida en un "encuentro con el Señor"
El trabajo santificado (en su doble dimensión, objetiva y subjetiva, es decir, de obra hecha y de acción intencionada a hacerla, ambas en Cristo), tiene significado propio: significa algo en si mismo y por si mismo.
La rectitud de intención hace que nunca olvidemos cuál es el verdadero fin de nuestro trabajo: la gloria de Dios. Esta rectitud de intención en un esfuerzo ascético continuo que nos impulsa a plenificar las exigencias naturales y aun materiales implicadas en todo trabajo humano, no debe perderse de vista que esa realidad divina en que consiste la vocación cristiana a la santidad se inserta en las entrañas de nuestra vida. 3. Santificar a los demás con la profesión

Los cristianos deben llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al trabajo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de la montaña. El trabajo es un requerimiento ético. El trabajo del hombre no se restringe a las meras relaciones obrero-patronales, al contrario, el desarrollo del hombre empieza por sí mismo y se expande.
Al afirmar que el trabajo es instrumento de santificación de los demás hombres estamos afrontando de manera completa la necesidad de su desarrollo, en todos los aspectos. En consecuencia, el apostolado no debe estar ausente en el trabajo, ni debe considerarse como una accidental yuxtaposición.
Para San Josemaría: "El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles a Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Entre las indicaciones, que San Pablo hace a los de Éfeso, sobre cómo debe manifestarse el cambio que ha supuesto en ellos su conversión, su llamada al cristianismo, encontramos ésta: el que hurtaba, no hurte ya, antes bien trabaje, ocupándose con sus manos en alguna tarea honesta, para tener con qué ayudar a quien tiene necesidad"

La ordenación real y efectiva de las estructuras temporales es una tarea social.
De ahí que la ordenación de las estructuras temporales no sólo sería imposible sin el apostolado, sino que es constitutivamente parte del apostolado mismo. Santificar a los demás en las labores cotidianas requiere, en primer término, tener conciencia del valor social del trabajo.
En el trabajo ordinario hemos de manifestar siempre la caridad ordenada, el deseo y la realidad de hacer perfecta por el amor nuestra tarea; la convivencia con todos, para
llevarlos "oportune et importune" (2 Tim 4, 2), con la ayuda del Señor y con garbo humano, a la vida cristiana, y aun a la perfección cristiana en el mundo. Este carácter social del trabajo se torna evidente cuando se concibe con una finalidad de servicio a la comunidad social: "Esta es una de las batallas de paz que hay que vencer: encontrar a Dios en la ocupación y -con Él y como Él- servir a los demás.

BIBLIOGRAFIA:

Gran Enciclopedia Rialp
Juan Pablo II. Carta Encíclica "Laboren Exercens" sobre el trabajo humano.
V.V.A.A. "Economía y Empresa". Editorial MacGraw Hill.
San Josemaría Escrivá de Balaguer. "En el taller de José", Es Cristo que pasa.
Jornadas de Empresarios castellanos, valencianos y aragoneses.
"Por qué hay que ser ético en los negocios". "La Veritatis Splendor y el mundo de la empresa".
Carlos Llano Cifuentes "Ética profesional y santificación del trabajo".
Dr. D. Luis Ravina. "Felicidad y capitalismo" Lección Inaugural del curso académico 2009-10.